
Por enésima vez.
Aprovecho la peste que me agarra una vez al año, entre abril y junio, para dejar el pucho aunque sea hasta fin de año. Seis meses de tabaco, nicotina y alquitrán no están mal.
Podría ser peor.
Pero no soy un fumador empedernido. ¿Fumador social? Tampoco. Extraño fumar en el ensayo, después de hacer una buena canción que apaciguara el frío que se colaba por la chapa y que habitaba en la pared pintada con un espiral y que sólo se iba después de gastar un termo de mates.
Dejar de fumar, dicen, no es fácil. Sobre todo si todos fuman en todos los lugares que frecuentás. Tu casa, tu trabajo, una reunión con amigos, el bar o la calle son lugares donde basta con que alguien prenda un cigarrillo para que el estímulo olfativo, visual y sonoro te dispare unas irrefrenables ganas de hacer lo mismo.
Supongo que hay que bancárselas hasta que pasen las ansias. Ansiedad. Vicio. ¡Qué se yo!
Cada uno tiene su momento para un pucho. ¿Cuándo fumo yo? Cuando trabajo mucho. También me dan ganas después de comer.
Pero el verdadero placer de fumar lo siento cuando entro al ensayo. Instintivamente busco los cigarrillos en el bolsillo y la guitarra. Memoria emotiva.
Más para leer sobre el vicio, acá. Y para ver, acá.
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